Mi muerte

La vida nos rompe a todos y a algunos nos hace más fuertes en los sitios donde nos rompió” Ernest Hemingway.  

Mi muerte  

 
Página 1 – El Quiebre Personal  

 
Aquel día en que mi cuerpo se quebrantó no fue como yo lo había imaginado. Sin grito dramático, sin el colapso repentino. Fue tan lento, diría de principio imperceptible, como esas tormentas con descarga brusca de electricidad que amenazan tus horizontes y con estruendo seco, desatan la furia de la naturaleza.  

Algo en mí estaba cambiando, pero no podía entender qué.  

 
Comezó una nueva etapa. La casa sola con objetos caídos tras el resonante eco; yo sola bajo edredones de pluma que discutían con el frío. Fácil, pero luego… la realidad empezó a buscarme sin desistir, sacudiendo ese universo que un día conocí, la normalidad tembló y dio vueltas y grietas y hoyuelos en las estructuras que un día me conformaron.  

 
Algunos cuerpos ya no tenían nada que ver con el espacio. Fragancias y energías habían abandonado cada rincón de lo que antes se llamó hogar. Ahora era una casa poco habitable, el olfato armónico se disipó, la pasión, el fuego, el éxtasis, el amor, ya no yacía nada de ello en mi morada y solo motas de polvo cargadas de mala energía en los rincones.  

 
Entré en una nueva oscuridad. Sé de artistas que discutieron por crear el tono más negro del color negro, de haber tenido las ganas hubiera generado una patente. Al parecer mi alrededor se desvanecía porque tenía ahí a l’appel du vide. Pensar fue el más pequeño cortometraje de mi vida. Mundo sin colores y sentimientos en la neblina. Mi vieja alma flotaba en lo desconocido.  

 
La depresión y la ansiedad no me abrazaron como a un amigo que buscan consolar; no. Me atraparon con sus garras frías e implacables, envolviéndome con tanta fuerza que apenas podía respirar. Solo muy pocos saben cómo es tener el pecho aplastado; y como podrían todos entenderlo si yo, siendo la que sostenía ese peso, no sabía lo que ocurría. 

 Tuve siempre todo cuanto soñé y aún más: control sobre mis metas, control sobre mi vida, control sobre mi familia, control sobre mi lugar de residencia, “control sobre mi estado financiero”, control sobre mis sentimientos. Ahora solo era una desconocida en el espejo y aquello que tuve no podría haberse reflejado ni en memorias inundadas por el azúcar.  Cumplí con los objetivos, sí y sin embargo ya no servían de nada. Mis sueños se apagaron tal y como lo hace una vela al iluminar una cueva oscura cuya salida se desconoce, me pregunto ¿en qué clase de cueva estaba mi identidad? ¿Quién era yo ahora que no tenía nada? ¿cuánto iba a durar? 

 
Fuerza, energía y respiro profundo ¿mujer o ser? ¿materia o energía? Todo estaba… todo era… un imposible. Nunca pensé que alguien de mi entorno presenciaría mi descontrol de esta manera. Siempre creí que no podía mostrar cierta fragilidad siendo la hermana mayor, la madre, la hija… ¡Qué equivocada estaba!  


 
Mi vida se rompió en pedazos frente a mí, y aun así no podía dejar de pensar que yo era esa persona que había trabajado tanto, aquella profesional que todos admiran. Pero ¿era realmente yo? ¿Acaso el dinero, los títulos y las expectativas podían definirme? Me aferré a esa imagen porque tuve miedo de enfrentarme a la verdad: nada de eso era yo. Nada.  

 
– La Caída:  

 
Los días se volvieron interminables. No podía diferenciarlos, pasaban uno tras otro como un borrón. Cada segundo era una lucha para no desmoronarme por completo. Estudios, trabajo, familia… ya no me interesaban. Llegar a casa era agotador. Años de dedicación, de esfuerzo incansable, de construir una vida que creía sólida, y en un instante todo se derrumbó. Era como si el suelo se desmoronara bajo mis pies, arrastrándome a una caída libre que no parecía tener fin. No había nada a lo que aferrarme, ni nadie que pudiera salvarme.  

 
Cuando todo se fue, yo me fui también. Dejé de ser la persona que alguna vez fui. Los sueños que me mantenían en pie me abandonaron, y en su lugar quedó un vacío que me consumía desde adentro. Sentía que cada paso que daba me alejaba más de la vida que había conocido. Entonces, comencé a matarme lentamente, día tras día, pensamiento tras pensamiento fui muriendo.  

 
Busqué refugio en personas que no podían entender el caos que vivía en mi interior. Me rodeaba de gente, pero me sentía más sola que nunca. Les entregaba mi tiempo, mi energía, como si con ello pudiera llenar el vacío que me devoraba. Caminaba junto a ellos sin saber a dónde iban los pasos. Era como si estuviera atrapada en un cuerpo que ya no me pertenecía, incapaz de sentir dolor o alegría. Solo quería seguir sufriendo porque, de alguna manera, creí que merecía ese dolor.  

 
Aquel grupo de gente con el que pasaba mis días no tenía la culpa, pero tampoco podían salvarme. No me veían, no realmente. No veían a la mujer rota que caminaba entre ellos, desmoronándose más cada día. Solo seguían con sus vidas mientras yo me hundía cada vez más en mi propia penumbra. Sus consejos carecían de valía, y sus palabras de sonido. Así que sin detenerme caí profundo, inexplicablemente lejos de mí misma ¿mujer o ser? ¿materia o energía? Estaba muy lejos de saberlo. Ellos creían conocerme, pero no tenían idea de lo que realmente ocurría en mi corazón.  

 
– La Lucha Interna:  


 
Recuerdo que hubo una noche en que quise acabar con todo, poner fin al dolor insoportable que tenía en mi corazón; la desesperación me susurraba “desaparece”. Pero, una pequeña voz dentro de mí me detenía, tan débil, e insignificante, que apenas la podía escuchar, pero estaba ahí. Me reclamó, me pedio que soportara un poco más. No sabía por qué, pero esa voz se aferró a mí.  


 
La desesperación, sin embargo, era abrumadora. Llegar a ese frío piso y quitarme cada prenda de ropa me parecía una lucha de vida o muerte. Sentía como si estuviera atrapada bajo toneladas de tristeza. Me sentaba a los pies de mi rústica y enorme cama, frente a ese espejo del armario que abarcaba la pared entera, mostrando cada rincón de mi cuarto y reflejando mi vacío. Es ridículo y abrumador mirarme ahora y recordar que mi mirada estaba muerta en vida.  


 
Tomaba mi móvil y me sumergía en canciones, moviendo mis labios con “Cuando zarpa el amor”, cantando sola en mi habitación: “Hace ya algún tiempo que vivo sin ti y aún no me acostumbro, ¿por qué voy a mentir?”. Allí, envuelta en mantas, las lágrimas mojaban mis sábanas. Mis ojos se inflamaban y mi cara se descomponía, lloraba y gritaba, ahogada en la tristeza. Las tonadas tristes que agrietan el alma, las notas suaves que abrazan la eternidad.  


 
Respirar, pensar, silencio y vacío y solo estas dos últimas cosas. La mente a veces no acepta lo que ocurre a tu alrededor. Tu te revelas contra la vida o la vida se revela en tu contra, el destino te lleva al borde y tu debes fingir acaso qué no ves ese filo.  

Imaginate al espejo, pones tu maquillaje para ocultar tu rostro demacrado, la imagen es borrosa, un apretón de nuevo en el corazón, el derrame no llega, el infarto no llega, el agotamiento continua. La muerte es la amenaza y vivir es el desafío. ¡Muéstrame como vivir! ¡Que alguien por favor nos lo muestre! Acaso no caminas tu por el mundo deseando estar libre de dolor, no deseas llegar a los sitios que para otros parecen divertidos y querer vivirlos, tener la intención de sonreír de verdad y respirar aire de verdad captando la vitalidad del entorno… ¡Eso! Deseo o avaricia ¿es o hemos dado por sentado una vida llena de dolor? Una vida donde parece que la norma es sentirnos infartados y muertos en los suenios al dormir ¿yo o unos pocos? ¿todos o unos cuantos?  


 
La vida empezó a enviarme señales, estaba mostrándome por qué y cómo. No eran tan claras, pero ahí estaban, constantes como faros en la oscuridad . ¿No quieres ver las señales? Me pregunto ¿Por qué las señales no son más claras? Cuál es pues… ¡la clave del entendimiento! 

¿Acaso es entender salir de la cueva mal herido, pasar de mujer u hombre a ser, dejar de ser materia y convertirse en energía? 


 
Meses después estaba en urgencias, exhausta ¿conocen esa palabra?, apenas podía soportar el peso de mi cuerpo. Me faltaba el aire, mi cabeza daba vueltas. Al explicar mis síntomas, me tendieron en una camilla. Traslados de un lado a otro en el hospital, resonancias, exámenes de sagre. Veía solo pequeñas luces mientras me desplazaban, escuché el ruido de las personas y de los aparatos sin entender nada. Me faltó la paciencia.  

 
Algunas palabras en alemán se me escapaban, y aunque dominaba el idioma, había vocabulario médico que no comprendía del todo. Cuando finalmente me cansé de esperar explicaciones, llamé a un médico. La noticia me preocupó: además de un posible preinfarto, una bacteria estaba causando estragos en mi cuerpo.  

 
Me explicaron que no podía abandonar el hospital. Yo sola ese día ¡pobre de mí! No quise avisar a nadie para evitar preocupaciones, daba igual tampoco entenderían nada. No esperé más que un tratamiento rápido, ¡que ilusa soy a veces! “te estás enfrentando a algo mucho más serio” dijo el médico mientras yo seguía aturdida.  

 
El diagnóstico fue un golpe al instante: afección cardíaca que requería medicación urgente y una alta probabilidad de necesitar un marcapasos.  

 
cuando el médico puso la mano encima de la mía. Me salió una sonrisa; disfrazaba mi miedo con ella. Quería un abrazo, estar con alguien que me amara y mimara ACARICIARA en ese instante… y no fue así.  

Quedé caída en los días negros, los hábitos quedaron rotos.  


 
Confusión y negación son fases de la enfermedad, como cuando te dicen que te vas a morir. En etapas cruciales de nuestras vidas pasamos por ese tipo de etapas, por lo general es igual para todos nosotros los seres humanos ¿la confusión y la negación? Es decir ¡no puede ser! ¿quisieras aceptar tu un cuerpo defectuoso? ¡tal vez el médico se equivocó! ¿verdad? ¡ni de broma, ha de ser el diagnostico de otro paciente!.  

Porque deseamos que sea para otra persona y no para nosotros mismo ¿Qué tenemos de especiales? Soy yo más que tú, tú que yo? 

Ignoré las advertencias médicas, yo estaba en una cueva pero de alguna manera tenía que poder volar, destruida pero vuela, sin luz pero con alas, sin saber como usarlas de nuevo pero con ellas.  

Tres días después mi terquedad me llevó de nuevo al hospital, conectada a cables y enfrentando una realidad que ya no podía evadir, tal vez era tarde para volver a volar, recordé que alguien me decía “soporta un poco más”, como en un momento todo puede cambiar 

 
Mi estado era crítico. Lloré, ¡oh impotencia! Aunque tenía a mi madre, a mi hermana y a mis amigos, en ese momento me sentí que no me quedaban ni ellos ni las alas.  

 
Una médica, al verme, me dijo:  

—Tienes la edad de mi hija.  

 
Derramó una lágrima mientras me preguntaba si alguien estaba conmigo. Le respondí que no. El invierno golpeaba la ventana del hospital, vi un cielo sombrío, sentí el frío en nuestro ambiente. Ella me miró la peor lástima, mi soledad la quebrantó, mi aspecto la hizo frágil: Labios agrietados resecos y descoloridos, ojeras profundas que delataban muy poco descanso.  

 
Me ofreció ayuda para regresar a casa. Pidió a la ambulancia acercarme, pero yo le dije que alguien vendría a buscarme, aunque en realidad no era cierto. Sentía la necesidad de respirar aire y caminar, aunque fuese un poquito.  

 
Decidí que necesitaba un cambio. Pensé en partir, en alejarme de todo. Busqué retirarme por dos meses en Asturias. Y luego me pregunté si estar sola era realmente la mejor opción. Lo medité con la almohada porque, en realidad, nunca había viajado sola. Finalmente, decidí comprar un billete a Huelva, para estar con mi hermana y mis sobrinos. Necesitaba el calor de la familia, algo que me reconfortaría.  

 
Hablé con mi médico, le pedí permiso para viajar y, con algunas recomendaciones, me lo concedió. Preparé maletas, empaqué un libro y, lo más importante, empaqué mis fuerzas y mis ganas de luchar por mi vida, para entregarle gozo y felicidad a lo más importante de mi vida: mi hija. Prometí y afirmé que mi vida cambiaría para bien, y que a partir de ese momento trabajaría en mí de la mejor manera posible.  

 
Al llegar a Huelva, puse una sonrisa. Vi a mis pequeños y los abracé, al igual que a mi cuñado y mi hermana. Anhelaba tanto ese calor de amor. Empecé a disfrutar, a cuidar de mí, y allí terminé de leer el libro que me acompañaba. Al cerrarlo, pensé: ¿Qué hago ya terminé este libros? Quiero leer otro.  

 
Pregunté a mi hermana si tenía algo interesante para leer, algo que me cautivara. Fue entonces cuando llegó a mis manos un libro que cambiaría algo en mí: “Mi éxito es inevitable”. Al principio lo miré con escepticismo. Miré su carátula color rosa, toqué sus letras que sobresalían en color oro. No creía que un libro pudiera salvarme de la obscuridad en la que estaba sumida, pero comencé a leerlo.  

 
Poco a poco, sus palabras fueron calando en mi mente, como pequeñas gotas de agua sobre una tierra seca. Y algo dentro de mí empezó a cambiar…  

 
El Resurgir desde las Cenizas  

 
Esa lectura no fue solo un escape; fue un despertar. Las palabras que leía no eran mágicas; eran totalmente necesarias. Empecé a cuestionar la forma en que me había visto a mí misma al espejo maquillándome para ocultar esa desdicha y viento todo borroso; a comprender que el amor propio que tanto prediqué no era un lujo sino una necesidad.  

 
En cada página encontraba algo más: un recordatorio de que mi vida valía la pena, no porque otros lo dijeran, sino porque yo estaba dispuesta a luchar por mi vida.  

 
En Huelva, con el apoyo de mi familia y esas pequeñas lecciones que ese libro me daba, comencé a reconstruirme. No fue ni fácil ni inmediato. Cada día era una batalla para no recaer. En el proceso, aprendí algo invaluable: las grietas que llevaba conmigo no eran un signo de debilidad, sino una prueba de mi capacidad para seguir adelante.  

 
Y aunque aún quedaba un largo camino por recorrer, supe en ese momento que mi muerte no sería el final de mi historia. Sería el principio de algo nuevo.  


 
Porque al final, no hay vida más valiosa que aquella que elegimos vivir plenamente.  

Continuará…