
Una sola foto despertó a mis ancestros… y al alma que yo había olvidado en mí.
Los días pasaban y yo caminaba con un vacío que no sabía nombrar. Eran millones de preguntas sobre mis ancestros, como susurros que no se callaban dentro de mi pecho. Los años no me dejaban descansar la mente. Con mi persistencia y mi curiosidad empecé a preguntar quién era mi tatarabuelo y quiénes habían sido sus padres. Preguntaba y preguntaba, pero las respuestas nunca llegaban. El silencio de los demás solo hacía que mis preguntas se volvieran más fuertes, más insistentes, más dolorosas.
Hasta que, en mi adolescencia, partí hacia el extranjero con una maleta y una partida que, en mi mente, podía ser un adiós para siempre. Quizás Colombia sería un “fue”… y no volvería a ser.
En mi nueva tierra, entre amigos nuevos, otra cultura y costumbres distintas, la vida empezó a tirar de mí. Me adapté. Empecé a construir algo parecido a un futuro. Y, poco a poco, la insistencia de esas preguntas se fue escondiendo detrás de la rutina, del trabajo, de las risas y del cansancio diario. Creí que se habían ido.
Pero la verdad es que las preguntas no desaparecen. Esperan.
Con los años volvieron, esta vez más fuertes, justo cuando yo creía que por fin estaba construyendo un futuro estable, cuando ya era una mujer que se desvivía por sus hermanas, que intentaba sostenerlo todo. Y fue precisamente por ellas que tuve que regresar inesperadamente al país que me vio crecer. Colombia: el lugar que me dio una familia tan especial como misteriosa para mí, el escenario de una historia que aún no conocía completa.
Regresé solo por unos días. Eso decía el billete. Pero, con mi regreso, también volvió mi curiosidad, como una ola que arrasa con todo. Esa fue la puerta de entrada a una nueva realidad.
Me encontré en la finca de mi abuela, en su cuarto, sentada en la cama. La luz entraba suave por la ventana, el aire olía a campo, a ropa guardada, a tiempo detenido. Mientras charlábamos, le solté todo lo que llevaba años queriendo saber. Preguntas acumuladas en la garganta desde niña. Por fin empezaron a aparecer nombres, historias, pequeños detalles que abrían puertas que nunca antes se habían tocado.
De repente, mi abuela sacó una caja.
Dentro guardaba reliquias llenas de recuerdos: fotos, papeles, trocitos de vida congelados en el tiempo, secretos que nadie había pronunciado en voz alta.
En un instante, mis ojos se encontraron con la foto de un hombre: mi tatarabuelo materno. Su mirada atravesaba décadas y me clavaba algo muy dentro. A esa foto le siguieron muchas más, una tras otra, como si el pasado se derramara de golpe en mis manos, sin pedir permiso.
Respiré tan profundo que sentí que el aire no me alcanzaba. Pensé:
“¿Cuánto trae una de herencia por sus ancestros? ¿Cuánto de mí empezó mucho antes de que yo naciera?”
Los patrones de los que yo tanto quería desprenderme no habían nacido conmigo: venían de generaciones. Poder, razas, países, historias duras, decisiones tomadas en otro tiempo, dolores que nadie había sanado. Y ahí estaba yo: una nieta con mezclas físicas, sí, pero también con algo mucho más profundo, una forma de sentir, de amar, de reaccionar, de tener miedo… que había recibido de todos ellos.
Sentí miedo.
Y sentí respeto.
Porque aún faltaba indagar la otra parte: la paterna. Y de esa solo sabía hasta cierto punto. Dentro de mí había una lucha: una parte quería saberlo todo, otra parte temblaba. No sabía si estaba preparada para toda la verdad.
A día de hoy, quizá me arrepienta de no haberle preguntado a mi padre, de no haber insistido más, de no haberme sentado frente a él con el corazón en la mano para decirle: “Háblame de los nuestros, háblame de ti”. Él hubiese podido responderme con su voz. Lo que no sabía era que aquella sería la última vez que lo vería, porque la vida me lo quitaría. Sin avisar. Sin tiempo.
Y así, mi padre me enseñó a caminar con otro sentimiento que me apretaba el pecho: el de ser hija sin padre, algo que jamás quise ser. Aprendí a seguir andando con un hueco en el alma y con muchas preguntas que ya no tendrían respuesta. En algunos momentos comprendí que, por más que una quiera, hay palabras que llegan tarde… y silencios que se quedan para siempre.
La mujer que fui creciendo decidió algo, aun con todo ese dolor: quería quitar patrones y, con ello, cortar cadenas. Quería que conmigo terminara lo que había dolido tanto en mi familia. No sabía por dónde empezar, pero tenía una certeza quemándome por dentro: no quería repetir la misma historia.
Lo que no sabía era que mi madre ya había adquirido de mi padre un patrón que después me pasaría a mí: los divorcios. La separación. La ruptura. Y ahí estaba yo, justo en medio de esa historia repetida, con un matrimonio roto entre las manos y el alma hecha pedazos.
Por un tiempo me vi fracasar. Me miraba al espejo y no veía solo una mujer triste; veía una mujer que creía haber fallado como hija, como pareja, como proyecto de vida. Sentía vergüenza, culpa, rabia, incomprensión. No sabía qué hacer. Recuerdo un día, con lágrimas en los ojos, diciéndome a mí misma:
“Yo solo quería cumplir mi sueño: casarme y vivir enamorada.
Amo a este ser… pero ya no lo tengo. Se me fue”.
Dormía abrazada a una ausencia. El lado de la cama seguía ahí, vacío, pero lleno de recuerdos. Me despertaba con la sensación de que faltaba algo… o alguien… o yo misma. Fue la parte más dura y cruel de mi vida: amar y no tenerlo. Sentir que el corazón seguía buscando a alguien que ya no estaba.
Cuando pensé que me había perdido del todo, cuando estuve a punto de rendirme y de creer que la vida era solamente esto: repetir, perder, aguantar… apareció un nombre: Maïte.
Leí su libro como quien se agarra a una tabla en medio del naufragio. Luego me apunté a sus cursos. Aposté sin saber si ganaría o perdería, pero algo dentro de mí me empujaba hacia ella. Había un llamado. Me dejé guiar.
Empecé a sanar.
Empecé a liberar patrones.
Empecé a mirarme por dentro con una honestidad brutal, de esa que duele, pero limpia.
En ese proceso me despedí del amor de mi vida. No fue un adiós de película, fue un adiós interior: una decisión de soltar, aunque por dentro se me desgarrara todo. Creí que era definitivo. Pensé:
“Ahora es mi momento de resurgir, de vivir con amor hacia mí”.
Y justo cuando empecé a levantarme, a reconstruirme, a reconectar conmigo misma, él volvió a aparecer en mi camino. Fue como si el universo me preguntara: “¿Has aprendido? ¿Sabes ya quién eres sin perderte en otro?”
Entonces entendí algo profundo: en la vida, a veces, no se trata de perder o ganar a una persona, sino de aprender lo que necesitamos para poder amar y amarnos mejor. Supe que él, en realidad, nunca se había ido del todo, pero yo necesitaba ese tiempo a solas para aprender a funcionar como persona, para aclarar mis miedos, para dejar de buscar en otros lo que me faltaba dentro, para fortalecer mi autoestima.
Hay quienes se quedan atrapados en el olvido, en la queja, en el “por qué a mí”. Yo decidí otra cosa. No porque fuera fácil, sino porque me estaba ahogando. Decidí cuidarme, entenderme y dedicarme tiempo. Y cuando di ese paso, el universo empezó a sacar de mi vida lo que ya no resonaba conmigo y a poner delante lo que sí necesitaba para seguir.
Hoy sigo encontrando heridas de infancia que no sabía que estaban tan abiertas. Cada vez que una salta, entiendo que muchas de las cosas que vivimos no empiezan en nosotros: venimos cargando historias, miedos, silencios y patrones que no siempre son nuestros. Llegamos al mundo con un equipaje invisible.
Y, sin embargo, de toda esta historia, algo se me quedó grabado, como una verdad que no quiero soltar:
No elegimos lo que heredamos,
pero sí elegimos qué hacer con ello.
Podemos repetir patrones o podemos cuestionarlos.
Podemos cargar culpas o podemos elegir consciencia.
Podemos seguir viviendo en automático o decidir mirar hacia dentro, aunque duela.
Si las personas se atrevieran a mirarse con honestidad, a preguntarse de verdad, a hablar, a romper silencios, a reparar pequeños daños, a cuestionar patrones para no repetirlos, quizás hoy serían personas más estables. Quizás vivirían menos desde el dolor y más desde el conocimiento profundo de sí mismas.
Yo decidí dejar de ser solo el resultado de mi herencia y empezar a ser la autora de mi propia historia. Y este blog, estas palabras, también son parte de esa decisión: poner luz donde antes solo había sombra, poner voz donde antes solo había silencio.
Y tú, que estás leyendo esto:
¿qué herida, miedo o patrón sientes que no es realmente tuyo… y cuál de ellos estás dispuesto a empezar a sanar hoy, aunque te tiemble el alma? 🌿✨


