Fuego e Hielo: El Viaje Invisible

En estos últimos años conocí a dos mujeres que quedaron tatuadas en mi corazón.

A una la llamo la mujer del HIELO.

No por frialdad, sino por fortaleza pura.

Sus ojos, tan negros como la noche sin luna, guardan secretos que ninguno se atreve a descifrar. Cuando te mira, no puedes ver más allá… a menos que ella lo permita. Esas pupilas son una puerta sellada, una barrera invisible que solo ella sabe cuándo abrir.

Su cabello es negro, profundo, como si la sombra misma lo hubiera pintado de pura fuerza.

La llamo hielo porque la vida, en su implacable curso, la despojó de su identidad, de su inocencia, de su dirección…

No para hacerla insensible, sino para hacerla inquebrantable.

Se volvió agua solidificada, quieta, contenida… pero firme incluso cuando todo a su alrededor se desmorona.

La otra es la mujer del FUEGO.

Persistente como una llama sin tregua.

Su rostro no se esconde: si algo le duele, su piel lo argumenta; si algo le alegra, su corazón explota en colores. Sus ojos… ¡ay sus ojos! Son libros vivos, páginas abiertas que cuentan historias sin pronunciar palabras.

Su cuerpo, alguna vez quebrado, renació como un volcán después de su erupción más violenta.

Como Frida Kahlo, su columna fue hierro, su espíritu acero.

Le dijeron que no podría volver a caminar… y caminó.

Le dijeron que no podría volver a sentir… y ardió.

No es fuego destructor; es fuego transmutador: renace una y otra vez, en el amor, en el dolor, en la vida misma.

La Vida: Una Danza Entre Nacer y Morir

Dicen que nacemos para morir.

Que la vida es prestada. Que podemos durar apenas un suspiro… o lo suficiente para ver reír, partir y renacer a quienes amamos.

Pero nadie nos enseña cómo aceptar ese abismo sin caer en él.

Un día escuché:

“La muerte es tan bella como la vida.”

Me detuve.

¿Cómo puede algo tan doloroso tener belleza?

Pensé en mi madre.

Y mis ojos se llenaron de agua que dolió en silencio.

Porque no estamos preparados para ese ya no estás.

Nos enseñan a caminar, a hablar, a tener éxito…

pero nadie nos enseña a sobrevivir a un corazón roto.

Cuando el Universo Cambió

Imaginen a Fuego y a Hielo cuando les dijeron que su padre tuvo que marcharse.

Ellas aceptaron. Ese primer adiós lo llamaron resiliencia.

Luego les dijeron que su madre también partiría…

pero que su voz aún estaría ahí, vibrante, cálida, a través de un teléfono.

Y ellas lo creyeron…

Hasta que un día no hubo llamada.

No hubo mensaje.

No hubo receta ni abrazo ni risa alrededor de la mesa.

Solo un vacío inabarcable con forma de madre.

Entonces la vida se detuvo.

El eco se instaló en su hogar.

El polvo tomó forma de ausencia.

Y la oscuridad, sigilosa, invadió cada rincón.

El mundo siguió su ritmo, como si nada.

Pero para ellas…

Fuego se apagó.

Hielo se derritió.

Porque antes de ser hijas, tuvieron que convertirse en madres de sí mismas.

Y aún así, hoy…

Fuego vive, sosteniendo sus pequeñas llamitas.

Hielo renace, sosteniendo sus fragmentos helados con un amor tan frío que duele y tan cálido que sana.

La gente juzga.

La gente olvida.

Pero ellas…

ellas llevan una fecha tatuada en el alma, que puede arder en cualquier hora, cualquier día, sin previo aviso.

Un susurro constante:

“¿Dónde está mi mamá?”

El Año Invisible y las Heridas del Mundo

Y entonces llegó el año invisible…

El virus que detuvo la vida.

Las calles se callaron.

Los hospitales se llenaron.

Las despedidas quedaron suspendidas sin palabras.

Algunas se dieron en casa. Otras entre sábanas blancas.

Los días dejaron de tener nombre.

Las horas se volvieron pesadas.

Y lo que no mató el virus…

quebró el alma.

El miedo tomó forma:

ansiedad, insomnio, pánico, depresión silenciosa.

Fuimos generaciones atrapadas en un tiempo congelado.

Mientras el planeta apenas respiraba…

otros horrores surgían.

Ucrania y Rusia encendieron una guerra que destruyó pueblos enteros.

Familias desplazadas.

Niños con ojos demasiado viejos para su edad.

Y yo, caminando por las calles de Leipzig, veía miradas que no llevaban ropa, sino dolor en maletas rotas.

Y si llegaba a casa y encendía la televisión…

otra tragedia emergía:

Gaza e Israel, el llanto sin tregua.

Cambiaba el canal…

Venezuela gritaba en silencio.

Cambiaba otra vez…

Cuba resistía, golpeada por el tiempo.

Y mi alma… se encogía.

Miraba a mi hija…

y sentía miedo…

miedo por lo que podría enfrentar este mundo sin manual de supervivencia emocional.

La Búsqueda de Vida, no de Supervivencia

Así, como siempre,

las familias se lanzaron al mundo en busca de una vida que no fuera solo sobrevivir…

sino vivir plenamente.

Y así fue como Fuego e Hielo también cruzaron fronteras, como millones.

Sin saber que alguien —yo— algún día movería su energía solo para verlas sonreír de nuevo.

Ellas decidieron dejar Latinoamérica…

no por desesperanza…

sino por la luz que Occidente prometía, como un imán invisible que atrae a quienes no tienen ya fuerzas para sostener un mañana sin respuestas.

Ese año de 2024,

el aeropuerto de Madrid se abrió para ellas…

una puerta hacia un nuevo comienzo.

Una familia que solo pudo cargar un par de maletas…

dejando atrás sueños, memorias, raíces…

y el aire por donde el pilar de su vida alguna vez caminó.

El Poder de la Energía Humana

Aquello fue magia.

Pero también sanación profunda.

Dicen que somos energía.

¿Podría la energía de un ser impregnarse en nosotros?

Si así fuera, no sería simplemente un recuerdo que aún late en la oscuridad…

sería una luz resplandeciente que nunca se extingue.

Y sí…

se puede volver a sonreír para poder respirar.

Se puede aprender, aunque nadie nos haya enseñado cómo hacerlo.

Aunque no estuviéramos preparados para este viaje.

Aunque el mundo nos haya golpeado una y otra vez…

vivimos.

y eso es infinitamente valiente.

L & S dedicado a vosotras.

Una herencia de mis ancestros